Blog exclusivo de orientación psicopedagógica y académica del área de Ciencias Sociales y Filosofía cuyo objetivo es acompañar y fortalecer los procesos de enseñanza y aprendizaje a través de los medios tecnológicos de la información y del conocimiento. Lic. Alfredo Celis
domingo, 31 de mayo de 2020
sábado, 30 de mayo de 2020
domingo, 19 de abril de 2020
Las mujeres filósofas
Las mujeres de la filosofía. Por Carlos Javier González Serrano
La historia de la filosofía está repleta de
egregias figuras femeninas que, sin embargo, han pasado desapercibidas. ¿Cuáles
son las razones que han conducido a que los manuales tradicionales omitan, en
muchos casos, los nombres de estas importantes e irrepetibles mujeres
pensadoras?
Marie Le Jars de Gournay (1565-1645),
mujer culta y ampliamente respetada en su tiempo (aunque más tarde fuera
olvidada), gran seguidora de los escritos
de Montaigne, aseguraba en su obra Sobre la igualdad de hombres y
mujeres que “estrictamente hablando, el ser humano no es ni masculino
ni femenino: los sexos distintos no están ahí para establecer y señalar una
diferencia, sino que sirven solamente para la reproducción. La única
característica esencial radica en el alma dotada de inteligencia”. Marie
decidió permanecer soltera y, producto de su gran cultura y tesón para el
estudio, fue artífice de uno de los salones franceses más
eminentes en el que se reunían intelectuales de diverso calado donde se hablaba
sobre literatura, política o filosofía. El mismísimo cardenal Richelieu fue un
confeso admirador de Marie.
Marie de Gournay
(1565-1645) fue escritora, traductora y poeta. Admiradora de Montaigne, cuando
este la conoció, se convirtió a su vez en admirador de Madame de Gournay. Foto:
archivo fotográfico austriaco.
Apoyándose en algunas tesis del
mencionado Montaigne (que llegó a tratar a nuestra protagonista como a una “hija
adoptiva espiritual”), De Gournay centró su pensamiento en la reflexión sobre
la muerte y en la necesidad de imprimir
un sentido a nuestra vida. Pero, sobre todo, puso sobre el tapete la cuestión
del género, al afirmar que si bien hombre y mujer se diferencian físicamente,
en su interior, sin embargo, albergan una característica idéntica: poseen un
alma. Y es que no dudó en denunciar que si las mujeres no alcanzaban puestos
más destacados en el panorama cultural de la Francia que le tocó en suerte vivir,
era debido a la carencia de posibilidades para formarse. Por esta razón nunca
dejó de animar a sus amigas y conocidas, a través de sus libros y en las
reuniones que ella misma organizaba, a adquirir el aprendizaje necesario para
situarse al mismo nivel intelectual que los hombres para, con el tiempo,
demostrar la igualdad de los sexos a este respecto. En un breve texto,
titulado Quejas de las mujeres, harta de las falsas acusaciones que
sobre ella se cernían (brujería, prostitución, demencia, “vieja solterona”,
etc.) llegó a escribir que “más de uno dice treinta tonterías y todavía
triunfa, por su barba o por el orgullo de sus supuestas capacidades”.
Sobresalen en primer lugar cinco mujeres desde la antigüedad. CLIC AQUÍ
Condenadas a ser y
existir en un mundo construido por el varón
Como explica el profesor mexicano
Marco Arturo Toscano Medina, cuando la historia de la filosofía se ha hecho
cargo de la mujer (aunque haya sido colateral y parcialmente), “da la impresión
que se ocupa de una realidad que no es completamente humana”. Si tenemos en cuenta que la filosofía
responde a la universal y perentoria necesidad humana de dar solución a los
grandes interrogantes de la existencia, es difícil entender cómo hay quien ha
intentado hacer de esta disciplina un campo destinado exclusivamente a
los hombres. El problema es que, cada vez que las mujeres han intentado hacerse
un hueco en la filosofía, prosigue Toscano Medina, han sido “condenadas a ser y
existir en un mundo construido por el varón”, por lo que escapar de los fuertes
prejuicios arraigados en la sociedad en cuestión ha supuesto un esfuerzo en
ocasiones insuperable.
Immanuel Kant, por ejemplo, inmerso
de lleno en el complejo contexto de la Ilustración, declaró en una clase del
curso 1790-1791 que “las mujeres son siempre niños grandes, es decir, no se fijan nunca un objetivo, sino
que se dejan caer ahora aquí, ahora allá, pero no contemplan objetivos
importantes; esto último es tarea del hombre”. En aquella misma época, sin
embargo, en la que el acceso de las mujeres a la cultura seguía sujeto casi por
completo a la condición de que sus familias ostentaran un alto nivel económico,
o que se decantaran por la vía religiosa de un monasterio, existían auténticas
filósofas que se vieron condenadas a vivir bajo la sombra de las grandes
figuras masculinas (el propio Kant, Fichte, Schelling o Hegel, entre otros).
Olympe de Gouges (1748-1793) es el
seudónimo de Marie Gouze, escritora, dramaturga y filósofa política francesa,
autora de la “Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana”
(1791). Su retrato es obra de Alexandre Kucharski (1741-1819). Bajo licencia
CC-PD-Mark PD-Art (P)
Es el caso de Olympe de Gouges
(1748-1793), autora de la primera Declaración de los Derechos de la
Mujer en el año 1791. En ella acusaba
a la Asamblea Nacional de París de haber publicado una Constitución dirigida en
exclusiva a los “hombres y ciudadanos”, en la que, como cabe suponer, quedaban
excluidas las mujeres. Después de un matrimonio forzado con un viejo
empresario, y tras quedar viuda, adujo sin temor que el casamiento supone “la
tumba de la confianza y el amor”. En sus escritos, que tuvieron gran
repercusión, trataba diversos temas (religión, matrimonio, celibato, sociedad,
etc.). A pesar de que la revolución fuera acogida como un soplo de aire fresco
por gran parte del pueblo francés frente a los abusos del Antiguo Régimen, bajo
el estandarte del famoso lema revolucionario “Libertad, igualdad, fraternidad”,
Olympe pensaba que la situación de las mujeres, a pesar de todo, no había
cambiado ni un ápice. Con una voluntad férrea, reclamó un trato de igualdad en
cualquier aspecto para hombres y mujeres. Lo importante, pensaba, no es
demostrar que la naturaleza de ambos sexos no difieren en lo esencial, sino
obligar al Estado a que la ley les sea aplicada de igual forma: los derechos no
son un privilegio que puedan dispensarse aleatoriamente. En su Declaración
de los derechos de la mujer y de la ciudadana, Olympe llamaba la atención a
sus compañeras de esta forma: “Mujer, ¡despierta! La campana que toca la razón
resuena por todo el universo; ¡conoce tus derechos! El reino poderoso de la naturaleza
ya no está rodeado de prejuicios, fanatismo, escepticismo y mentiras. Solo la
ley tiene derecho a poner límites a esta libertad cuando degenera
caprichosamente, pero debe ser igual para todo el mundo”. El punto clave de la
libertad, aseguraba la enérgica Olympe, reside en que la sociedad admita que
cualquier ciudadano, sea cual sea su condición o su sexo, pueda progresar sin
impedimentos artificiales mediante la libre ejercitación de sus capacidades.
Olympe de Gouges murió ejecutada en defensa de esa misma libertad, tras
oponerse frontalmente a la represión jacobina que por aquel entonces comandaban
Marat y Roberspierre. La acusación del tribunal revolucionario: reaccionaria.
Una omisión
histórica que ha borrado los rastros dejados por mujeres
Si viajamos por un momento hasta la
actualidad descubrimos, tras la aparición de los grandes grupos feministas del
siglo XX, que lo que llamamos “masculinidad” y “femineidad” no son notas
esenciales de la naturaleza humana, como
pensaban Kant, Rousseau o Schopenhauer, sino constructos sociales o culturales
que pueden ser modificados con el esfuerzo de una sociedad. Aquella expulsión
premeditada de las mujeres del mundo de la cultura, afirma la profesora Rubí de
María Gómez, “se expresa como omisión histórica que ha borrado los rastros
dejados por mujeres. Afirmarse como mujer no significa dejar de ser parte de la
humanidad”. Desde muy pronto, en mitos difíciles de fechar, el Sol fue
identificado con el varón, junto a las características de la fuerza, la
actividad y la responsabilidad, mientras que a la mujer se le adscribían notas
más oscuras (Luna), como la falta de creatividad o la irracionalidad. Hasta
bien entrado el siglo XX, escribe María Rosa Palazón, “el principal negocio
femenino fue, pues, seducir para engendrar”.
Para evitar estridencias que pudieran
afectar al tranquilo devenir masculino de la historia de la filosofía, la
estrategia a seguir fue clara: silenciar el ejercicio intelectual de las
mujeres. “Ha llegado el
momento –continúa Palazón– de no seguir esgrimiendo la igualdad abstracta,
inmersa en los marcos teóricos y la praxis en uso. Poco
habremos avanzado si nuestro único objetivo es que las mujeres ocupen los
oficios y los puestos de mando antes reservados para los hombres, respetando el
mismo status opresor, injusto, enajenante y enajenado”.
Consulta las mujeres filosofas del S. XX. CLIC AQUI
Activas en la
política y la filosofía: pasar de la teoría a la práctica
Ya en el siglo XIX existieron algunas
mujeres que, tras la aventura ilustrada en la que la filosofía prosiguió su
recorrido eminentemente masculino, fueron conscientes de su condición y
decidieron tomar parte activa en
ella a través de la política y la filosofía. Hedwig Dohm (1831-1919), que vivió
cerca y conoció de primera mano la élite intelectual de Berlín, fue una de
ellas. ¿Su tesis? Ya era hora de escribir menos teoría sobre las mujeres; ya
era hora de que los postulados que quedaban expuestos en los libros se pusieran
en práctica: lo relevante es examinar la vida cotidiana de cualquier mujer para
darse cuenta de que su situación no es comparable a la de los hombres. El
período de la Ilustración no debía pasar en balde, sus principios debían
aplicarse sin excepción a todos los seres humanos: el derecho a la educación
solo puede ser universal, la desigualdad es producto de la diferencia existente
en el proceso de socialización entre mujeres y hombres. Solo de este modo, a
través del desarrollo intelectual, pueden aquellas interesarse por la política
e intervenir, así, en los temas que incumben a los miembros de cualquier
sociedad. Para ello, sin embargo, era necesario el sufragio universal. A este
respecto, Dohm escribía en uno de sus tratados (La naturaleza y el derecho
de las mujeres): “Exigimos el derecho al voto como nuestro derecho. Pero,
¿por qué tengo que demostrar primero que tengo este derecho? Soy un ser humano,
pienso, siento, soy ciudadana del Estado. ¿Por qué se equipara a la mujer con
los idiotas y los criminales? No, con los criminales no. Al criminal se le
priva de sus derechos políticos solo temporalmente; tan solo la mujer y el
idiota pertenecen a la misma categoría política”.
El primer libro que
hizo justicia a las mujeres
Escrito por Gilles
Ménage en 1690, este libro, un clásico del catálogo de Herder, reúne las
andanzas filosóficas de 65 mujeres a las que, de no haber sido por su
compilación, hoy difícilmente encontraríamos en los manuales tradicionales.
No fue hasta finales del siglo XVII
cuando se publicó por vez primera un libro bajo el título de Historia
de las mujeres filósofas (editado por Herder), escrito por Gilles Ménage y
dedicado, según el autor, a “la más sabia de las mujeres actuales y del
pasado”: Anne Lefebvre Dacier, una intelectual francesa, editora y traductora
de clásicos griegos y latinos. Cuando Umberto Eco echó un vistazo a la obra,
explicó que, tras haber hojeado al menos tres enciclopedias actuales sobre
filosofía, no encontró ninguno de los nombres que cita Ménage en su llamativo
libro. El autor italiano aseguró tras este análisis que “no es que no hayan
existido mujeres que filosofaran. Es que los filósofos han preferido
olvidarlas, tal vez después de haberse apropiado de sus ideas”.
Lo cierto es que Eco no andaba
desencaminado. Una de las primeras mujeres
conocidas bajo el título de scientific ladies (apelativo
surgido en Inglaterra en el siglo XVII), fue Anne Finch Conway (1631-1679),
quien a pesar de sus achaques crónicos de migraña y de las dificultades económicas
familiares se dedicó fervientemente al estudio. Solo se conserva uno de sus
escritos, Principios de la más antigua y más moderna filosofía, donde
presenta la naturaleza (en oposición al sistema de Descartes) como un
gigantesco organismo vivo, y no como una inerte máquina. Todos los cuerpos
están repletos de vida, de manera que la oposición cartesiana de cuerpo y alma
es, a ojos de Anne, innecesaria y superflua. El cuerpo es una suerte de
espíritu concentrado, mientras que el espíritu, a su vez, es un cuerpo etéreo.
Llamativamente, Conway llamó a cada una de estas sustancias vivas que pueblan
el universo y que actúan en la naturaleza de un modo que nos resulta muy
familiar: “mónadas”, cada una de las cuales son indivisibles y que, además,
encierran en su totalidad la complejidad del mundo. Sin embargo, el concepto de
mónada ha pasado a la historia de la filosofía como un concepto propio del
sistema de Leibniz, quien no tuvo reparos en explicar en distintos lugares de
su obra que las ideas de Conway le habían influenciado hondamente.
Umberto Eco: “No es que no hayan existido mujeres
que filosofaran. Es que los filósofos han preferido olvidarlas, tal vez después
de haberse apropiado de sus ideas”
Aportaciones a la filosofía en
pareja, sin eclipsar
Otro ejemplo del influjo que las
mujeres han tenido en la historia de la filosofía es el de Harriet Hardy Taylor
Mill (1807-1858), esposa de uno de
los pensadores más estudiados en las facultades de Humanidades y Ciencias
Económicas: John Stuart Mill. Este, concienciado de la injusta situación que
vivían las mujeres casadas, renunció a todos los derechos que el contrato
matrimonial le otorgaba sobre Harriet. Ambos se influyeron mutuamente y de su
trabajo conjunto emanaron algunas de las tesis más importantes del pragmatismo
de John: todos los seres humanos albergan el mismo derecho a su realización
personal para, así, obtener la felicidad; la lucha por la igualdad y la
emancipación de las mujeres; el derecho de autodeterminación, etc. En uno de
los escritos de Harriet leemos: “por qué cada mujer tiene que ser mero accesorio
de un hombre, sin que se le permita tener intereses propios: la única razón que
se puede dar es que así lo quieren los hombres. Los que tienen el poder
consiguen que los súbditos consideren durante mucho tiempo como sus virtudes
apropiadas aquellas cualidades y aquella conducta que agradan a los
gobernantes”.
Aunque hemos repasado solo algunos de
los ejemplos menos conocidos, es indudable que el campo de la filosofía
realizada por mujeres está repleto de ejemplos aún por descubrir esperando a que
alguien les dé voz. A modo de homenaje y como invitación para la investigación
de los lectores debemos mencionar por su importancia a Hipatia, Diotima,
Fintis, Marguerite Porète, Christine de Pizan, Teresa de Ávila, Margaret
Cavendish, Emily Dickinson, Rosa Mayreder, Rosa Luxemburgo, Alexandra
Kollontai, Lou Andreas-Salomé, Simone Weil, Indira Gandhi, Simone de Beauvoir,
Sarah Kofman, Natalia Ginzburg, Victoria Camps o Martha Nussbaum, sin olvidar a
aquellas que, con la ayuda de la literatura, hicieron del mundo un lugar más
habitable, como las hermanas Brönte, Safo, Jane Austen, Gabriela Mistral, Flora
Tristán, George Sand, Ana María Matute o Virgina Woolf. Y es que “un día
existirá la muchacha y la mujer cuyo nombre no signifique meramente una
oposición a lo masculino, sino algo por sí, algo que no se piense como un
completamiento y un límite, sino solo vida y existencia: la persona femenina”
(Rilke).
Para
completar el reportaje Las mujeres en la filosofía , hemos escogido 12 nombres, pero son muchas más las que han sido
decisivas para el devenir del pensamiento y las que, por eso mismo, han de
tener un hueco en la historia de la filosofía. Seis explicadas con más detalle
y otras tantas esbozadas con una cita para que su voz no deje de oírse.
Teano
de Crotona: armonía con el número
Fue una de las pitagóricas más
eminentes de su época (ca. 550 a.C.),
nacida en la ciudad de Crotona (al sur de Italia). Fue una de las discípulas
más destacadas del propio Pitágoras, quien, con el tiempo, se convertiría en su
marido; juntos tuvieron cinco hijos. Como explica Ingeborg Gleichauf en su
libro Mujeres filósofas en la historia, “Teano era partidaria de
una forma de vida que tiene como lema la medida y la prudencia. La finalidad de
su filosofía es entender mejor al alma, que es inmortal y se reencarna después
de la muerte”, mientras que el cuerpo, por su parte, es una suerte de prisión
para el alma. A su juicio, no encontramos nada aislado en el mundo, todo está
relacionado con todo. Siguiendo a su maestro, pensaba que el elemento
unificador de la naturaleza era el número. En Sobre la piedad, la
filósofa escribía: “Pitágoras no dijo que todas las cosas nacían del número,
sino que estas estaban en armonía con el número, ya que en el número reside el
orden esencial, y si dividimos el orden en primero, segundo y así
sucesivamente, las cosas, que son contables, participan de este orden”. A Teano
se le atribuye, además, el teorema de la proporción áurea. Tras la muerte de
Pitágoras, Teano dio clases y orientó espiritualmente a sus pupilos en la
virtud y la honradez.
Olympe de Gouges: “La
antorcha de la verdad ha dispersado las nubes de la estupidez y de la
arrogancia… Parece que hay una mano divina que esparce por todas partes la
herencia del ser humano, la libertad”
Aspasia
de Mileto: la primera dama de Grecia
Busto de
Aspasia en el Museo Pio-Clementino (Museos Vaticanos). Foto: Jastrow.
Nace aproximadamente en el 470 a.C.
en Mileto, actual Turquía, y durante gran parte de su vida fue maestra de
retórica. El propio Sócrates recomendaba a Jenofonte en los diálogos platónicos
consultar su sabiduría. Aspasia era una hetera, mujeres de gran
cultura y muy respetadas que vendían su cuerpo a cambio de dinero. Llegó a
dirigir una escuela de mujeres y regentó un burdel al que asistían los hombres
más importantes de la ciudad. Pericles quedó enamorado de Aspasia y, en vista
de su inteligencia, la convirtió en una de las mujeres de confianza de su
gobierno, aparte de en su compañera y, probablemente, segunda esposa. Nuestra
protagonista daba gran importancia al poder de las palabras. Aseguraba que “con
un discurso bellamente expuesto sobreviene el recuerdo de las acciones
gloriosamente efectuadas y el homenaje para sus autores parte de los que las
escuchan”. Plutarco se refirió en Vidas paralelas de esta
manera a Aspasia, en uno de los mejores retratos que nos quedan de la filósofa:
“Algunos son de opinión que Pericles se inclinó a Aspasia por ser mujer sabia y
de gran disposición para el gobierno: pues el mismo Sócrates con sujetos bien
conocidos frecuentó su casa; y varios de los que la trataron llevaban mujeres a
que la oyesen”. Su intención fue animar a todo el mundo a filosofar más allá de
los muros de las academias, objetivo que consiguió ampliamente a través de su
influencia política en los años de mandato de Pericles.
Marie Le Jars de
Gournay: “El ser humano no fue tan solo creado como hombre sino también como
mujer. Hombres y mujeres son una misma cosa. Si el hombre es más que la mujer,
entonces la mujer es, del mismo modo, más que el hombre”
Germaine
Necker: hacia la felicidad por la libertad
Germaine Necker, más conocida como
Madame de Staël, fue una niña precoz que deslumbró desde muy pronto a
familiares y amigos por sus atrevidas intervenciones en tertulias en las que
participaba el más alto copete de las luces francesas: Diderot, Helvétius,
Mably o D’Alambert. Fue mujer de carácter difícil e imponente; sabedora de que
el barón de Staël suponía un impedimento para la consecución de su felicidad, y
si tenemos en cuenta que el marido doblaba en edad a la joven Germain (además
de que el matrimonio fue casi una imposición de los padres de esta) Germaine
Necker no tuvo reparos en mantener numerosas relaciones extra conyugales en las
que el propio barón nunca se inmiscuyó. Con estas palabras se refería Madame de
Staël al que fuera su primer marido: “perfectamente honesto, incapaz de decir o
hacer tonterías, mas estéril y sin nervio: si no me hace infeliz es porque no
osa inmiscuirse en mi felicidad”. Necker aseguraba que la libertad era la
única vía posible para obtener la felicidad, tanto en el ámbito político como
en el personal. Vivió en primera persona los ecos prerrománticos alemanes que
se dejaban escuchar en Francia (Novalis, los hermanos Schlegel, Schiller, Tieck
o Wackenroder). En uno de sus más importantes obras, De la influencia
de las pasiones, leemos: “Nada hay más penoso que el instante que sucede a
la emoción: el vacío que deja tras sí nos causa una mayor infelicidad que la
privación misma del objeto cuyo deseo nos excitaba. Lo más difícil de soportar
para un jugador no es haber perdido, sino dejar de jugar”.
Karoline von
Günderrode: “Aprender significa buscar lo divino, conocer significa tocarlo”
Edith
Stein: vocación de servicio
De origen judío y discípula de Edmund
Husserl, Edith Stein (1891-1942) fue consciente desde muy pronto de su vocación
pedagógica. Sin embargo, a causa de las trabas que su propio maestro puso a la
hora de ingresar como profesora de universidad (aseguraba que “no es una cosa
apropiada para las damas”), se vio obligada a realizar su destino filosófico
por cuenta propia. Dedicó su tesis doctoral a investigar sobre la empatía, que
obtuvo la más alta calificación. En este sentido, para Stein tenemos que poner
el énfasis en la comunidad, y no tanto en el constructo abstracto que
denominamos “sociedad”. Al igual que para otros autores del momento, como
Sartre o Heidegger, somos seres arrojados al mundo y obligados a otorgar un
sentido a nuestra existencia. En Ser finito y ser eterno escribía:
“yo, a pesar de esta fugacidad, soy y soy conservado
en el ser de un instante al otro; en fin, en mi ser efímero, yo abrazo
un ser duradero. Yo me sé sostenido y este sostén me da calma y seguridad”. Su
vida estuvo plagada de difíciles decisiones que le condujeron a convertirse al
cristianismo (lo que le reportó diversos problemas con su familia), e incluso,
a los cuarenta y dos años, decidió decantarse por la vida religiosa e ingresar
en la orden de las carmelitas de la ciudad alemana de Colonia, llegando a ser
santa canonizada por el Papa Juan Pablo II.
Harriet Taylor-Mill:
“Las relaciones entre sexos están muy jerarquizadas, y los hombres establecen
su poder a la vez que lo legitiman con fundamentos mitológicos, religiosos, ideológicos,
filosóficos o científicos”
Hannah
Arendt: acción y reflexión
Pensadora alemana de origen judío
(1906-1975), constituye una de las contadas excepciones femeninas que sí ha
logrado introducirse en el recuento “convencional” de pensadores de
la historia de la Filosofía. Para Arendt, el mundo en el que vivimos es el
escenario propio de la acción, mundo al que se incorporan de manera constante
una infinidad de acontecimientos que son juzgados por sus propios espectadores.
Al agente, sin embargo, le está vedado el completo conocimiento de la relevancia
de su acción; mediante nuestra conducta iniciamos y ponemos en marcha un
mecanismo cuyas consecuencias desconocemos. Cualquiera de tales acciones queda
insertada en un espacio común, un lugar en el que los seres humanos convivimos.
Con aires aristotélicos, Arendt señalará que lo propio de la ciudad es
preocuparse por la vida buena, allí donde se ponen en común palabras y acciones
de seres dotados para iniciar acontecimientos. La reflexión sobre el poder que
Arendt lleva a cabo tiene como contexto principal las atrocidades cometidas por
el III Reich. Lo que esta pensadora llamó la banalidad del mal abarcaba a una
comunidad que no solo asimiló, sino que también aceptó sin perturbaciones la
eliminación sistemática de personas que hasta hacía poco habían sido vecinos y
conciudadanos. Los alemanes que no se rebelaron frente a aquellos sucesos se
refugiaron, a su juicio, en la esfera de su vida privada, concentrando la
competencia de su responsabilidad en su trabajo y avatares propios de la vida
diaria. Arendt escribía las siguientes líneas en Los orígenes del
totalitarismo: “El retiro filisteo a la vida privada, su devoción sincera a
las cuestiones de la familia y de su vida profesional, fueron lo último y ya
degenerado producto de la creencia de la burguesía en la primacía del interés
particular”.
Mary Wollstonecraft:
“Que la mujer comparta sus derechos y emulará las virtudes del hombre, pues
tendrá que mostrarse más perfecta cuando esté emancipada o justificar la
autoridad que encadena a ese ser débil a su obligación”
María Zambrano: filosofía del sentimiento
María
Zambrano en una imagen por cortesía de la Fundación que lleva su nombre en
Vélez-Malaga. www.fundacionmariazambrano.org
Para esta autora (1904-1991) poetas y
filósofos son casi gemelos, si es que no son la misma cosa. Zambrano reivindica
el poder cognoscitivo de la metáfora como herramienta original mediante la que
nos es permitido percibir el complicado entramado de relaciones presentes en la
realidad. La metáfora, rica en sentido y extraña a la abstracción, se opone al
hieratismo y sequedad del mero concepto. Lejos de excluir o dejar a un lado
el logos del que el concepto se halla repleto, Zambrano logra
situar en nuestra potencia imaginativa o creativa (mitopeica) el origen
del pensamiento: en última instancia, cualquier discurso racional se encuentra
colmado de una interpretación previa de la realidad, interpretación que es
siempre simbólica, sentimental. En Para una historia de la Piedad escribía:
“El sentir, pues, nos constituye más que ninguna otra de las funciones
psíquicas, diríase que las demás las tenemos, mientras que el sentir lo somos”.
La pensadora malagueña lleva a cabo toda una defensa del pathos,
del orden pático (siempre previo al meramente teórico) como una puerta de
acceso privilegiada a la realidad y al sí mismo. Sentirse siendo, sentir el
acto de ser, supone la primera forma de autoconciencia y de descubrimiento de
uno mismo.
Consulta además la lucha de las mujeres en América Latina de Diana Uribe. CLIC AQUI
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